Nadie dijo que sería el último.
Había un pastel, unas velas torcidas y conversaciones que parecían más importantes que el paso del tiempo.
Alguien tomó una fotografía.
Todos sonrieron.
Nadie imaginó que esa imagen aprendería a doler.
Las sillas siguieron en su lugar.
Solo una quedó vacía.
Tardé mucho en entenderlo.
Desde entonces, cada cumpleaños llega con el mismo silencio.
No por las velas.
No por los regalos.
Sino porque hay nombres que ya no responden cuando llega la hora de cantar.
Cada año, cuando las luces se apagan, vuelvo a aquella tarde.
La última en la que creíamos, sin saberlo, que todavía habría otro cumpleaños.