Tenía el corazón bien amueblado,
un deportivo rojo en Montecarlo,
un culo respingón para enmarcarlo
y un expediente limpio de pacado.
Tenía un desamor en cada puerto.
saltaba con los pies sobre la tierra,
su corazón le declaró la guerra
y decidió dejarlo boquiabierto.
En cuanto dio esquinazo a sus escoltas,
abrió de par en par su blanco armario
y recogió lo justo y necesario:
zapatos de tacón y falda corta.
Aceleró sus pasos con confianza,
y entró en una de esas discotecas
donde las pijas parecen muñecas
buscando ricachones sin alianza.
Pidió un Martini seco al camarero
y él le preguntó si estaba sola.
Su rostro se encendió como amapola
y supo que el flechazo era certero.
Él no le prometió el Santo Grial
ni fichas que arruinasen a la banca,
pero su risa pareció más franca
que la de los banqueros del local.
Hoy vive en un pisito en las Malvinas,
le llega a fin de mes con su minuta,
se mueve con patines y disfruta
pidiéndole la sal a las vecinas.
Martín, su primogénito, es portero
en una discoteca que hay en Mijas,
en donde cada noche van las pijas
buscando un ricachón que sea soltero.
Algunas noches, cuando encuentran hueco,
se sientan y contemplan las estrellas.
Jamás llegó a contarle quién fue ella...
Y él le sirve un Martini seco.