Contabas las cabras con el dedo sucio y te dolió el estómago de verdad.
Te escribo a la encía sangrante en el camastro de Alicante,
al frío de la celda donde la poesía
no fue un oficio de salones,
sino la última costra para tapar la herida.
Tu herencia no son los libros con cantos dorados.
Es este masticar la arena cuando el viento viene de frente,
esta insistencia del animal que sabe
que escribir es dejar el pecho donde cae el golpe.
Nos dejaste el lenguaje desollado,
reducido a sus tres elementos:
el cuchillo, el vientre, la fijeza del ojo.
Todavía arde ahí:
no en la estatua de mármol que te ignora,
sino en la aridez del hueso que no cede.
Antonio Portillo Spínola ©