Querido Universo:
delante de tu vanidoso tejido dorado de estrellas,
prometo no volver a hablar contigo.
Me voy al mundo donde he caído:
el lugar que fue creado con la furia de un colmillo,
repleto de ovejas aburridas
donde la felicidad aprendió a caminar torcido.
No eres más que un cínico aspirante,
un aprendiz intelectual y empedernido que seguirá siempre solo,
asomado sobre el agua de su propia omnipotencia,
midiendo en su pesa de oro,
el miedo cuando se detiene el corazón de un amigo.
Aprendiendo cada vez que un padre entierra a su hijo,
o cuando una madre acepta la extravagancia de tus designios.
Te vuelves sabio mirando desde arriba,
bebiendo el veneno de nuestras angustias,
calculando tu violencia justificada,
haciendo oídos sordos a lo que de rodillas te pedimos.
Tal vez no eres malvado,
ni tan infinito.
Sino solo un veterano indiferente,
que ya ni siquiera nos ama
y nos dejaste olvidados en un rincón de tu limpio bolsillo.
No voy a hablar más contigo, querido.
Renuncio a la extensión de tu entrenamiento,
soy solo otro error de cálculo en este bestiario sagrado
que has creado con sangre de cualquier desatendido.
Si es que mal lo intuyes, no estoy enojada contigo.
Es solo que me resulta imposible agradecerte
por un aire que termina para otros mientras yo te escribo,
o celebrar mis días buenos sabiendo que en ese mismo momento,
alguien más puro que yo intenta comprender tu curso
mientras solo le devuelves silencio disfrazado de albedrío.
Sigue de brazos cruzados,
sobre la libertad que pondera ese trono todopoderoso,
que de todas formas eres demasiado vasto para ofenderte conmigo.
Solo no olvides que soy un fractal tuyo,
tampoco eres tú el dueño de nada,
y también terminarás cuando yo descubra
otro camino.
— Todo mi amor es tuyo, Alana.