Dicen que las metáforas nacieron para darle belleza a las palabras, pero yo creo que fueron inventadas para acercarse, aunque sea un instante, a lo que siento por ti. Porque llamarte sol sería olvidar que también alumbras mis noches; llamarte mar sería ignorar que en tus ojos encuentro una calma que ningún océano conoce; llamarte estrella sería injusto, porque incluso ellas desaparecen cuando llega el amanecer, mientras tu luz permanece en mí a cualquier hora. Cada comparación que imagino termina siendo demasiado pequeña, como si el idioma entero se quedara sin aliento cada vez que intenta describirte.
Eres la metáfora más hermosa que ha escrito mi destino. En ti aprendí que el amor puede ser refugio y tempestad, silencio y canción, fuego que abriga sin consumir y lluvia que hace florecer hasta los rincones más secos del alma. Si algún día me pidieran resumirte en una sola imagen, no podría hacerlo, porque eres un universo compuesto por miles de metáforas que aún no existen. Tal vez por eso sigo escribiendo, buscando entre versos, jardines, lunas y constelaciones una forma digna de nombrarte, aunque en el fondo sé que ningún poeta, por brillante que sea, encontrará una metáfora tan perfecta como el simple hecho de amarte.