Bancas vacías,
huérfanas de cuerpos y de sombras,
caminos que no esperan a nadie.
El aire apretado no cede entre rumores que no se resignan
–vicio de ti que persiste–.
Las palomas sin migas, se humean y huyen errantes;
solo quedan nuestras promesas de amor, incapaces de escapar,
atándose en espirales al pie,
de esta estatua ebria de lluvia.