La casa respira, lenta y constante, y el silencio se vuelve un río espeso.
No es la rabia que grita desbordante, sino la calma atroz de todo el peso.
Un banco que conoce mi postura, una hoja en blanco, fría y expectante,
donde la prosa pierde su bravura frente al vacío de este mismo instante.
A mi lado, el metal, frío y callado, ofrece un vértigo de paz oscura,
un ensayo mental del otro lado donde ya no hay dolor ni compostura.
Pero la mente es una balanza herida, y entre el deseo de apagar la luz,
se asoma un rastro tibio de la vida que alivia, por un rato, tanta cruz.
Un nombre escrito al margen del cuaderno, un \"te espero\", un café de madrugada,
el roce de una mano en el invierno, la humanidad que no exigía nada.
No me salvan del todo, no me curan, pero abren una grieta en la fatiga.
Son anclas diminutas que perduran, la resistencia humilde que me abriga.
No busco redención ni un gran final, solo soltar el traje del mandato,
y en este vómito de palabras, tan vital, nombrar la herida para darle un trato.
Cierro la hoja. La noche no termina. No sé si la mañana traiga el sol,
pero escribir \"he sido\" en esta ruina, es ya ganarle al eco del control.