Siempre fui la puerta abierta,
el refugio cuando había tempestad,
la voz que acudía deprisa
cuando alguien necesitaba verdad.
Di mis horas, mis silencios,
mis pedazos de tranquilidad,
y aprendí que hay despedidas
que llegan sin avisar.
Me quedé cuando era fácil irse,
cuando dolía mirar atrás,
pero vi marcharse a muchos
sin siquiera vacilar.
Y empecé a preguntarme en secreto
si algo me faltaba en realidad,
si era yo quien no bastaba
o si nunca supieron mirar.
Porque cansa ser la mano extendida,
cansa siempre esperar,
cansa guardar tantas tormentas
y no encontrar dónde descansar.
A veces me siento como un faro
perdido frente al mar,
iluminando caminos ajenos
sin tener ninguno al que llegar.
Pero aún guardo una chispa pequeña,
una luz difícil de apagar,
porque aunque el mundo olvide mi nombre,
yo me niego a dejar de brillar.
Quizá algún día alguien se quede
sin que tenga que suplicar,
alguien que vea todo lo que entrego
y decida no marchar.
Hasta entonces sigo adelante,
aunque a veces cueste caminar,
con el corazón lleno de grietas
y el valor de volver a empezar