Marcos Magallanes

POEMA XXV

Te acompaño hasta la muerte,
seamos este hijo y sus ojos,
y seamos sus hijos y los suyos
en ejercicio de inmortalidad.

Te acompaño hasta la muerte,
pero quedémonos un poco aquí también
en este destello que se resuelve en la pestaña,
en esa lágrima de sal
que se desprende del párpado pesada
e inclina el corazón
como al pétalo la densidad del vapor
haciéndose gota de agua.
Dejemos que esta sal amarga
se deposite en la tierra
y que el corazón
cómo la flor
se enderece en un chasquido,
en la ondulada catarsis
de los que se miran
y alicaídos se reconocen.

Te acompaño hasta la muerte,
no para llevarte a ella
sino porque necesito salvarte
porque necesito que me salves,
porque la puja es interminable
y porque la luz existe
y existe en el ojo que permanece.

A lo lejos una mujer
a la noche una mujer
en un banco, afuera.

Te acompaño hasta la muerte.
Inerme ante mí te diste.
Yo no quería que fueras mía,
yo quería ser tú
ser tú y yo, una cosa
hecha de nosotros,
resuelta en fragancias
en un pasatiempo para morirme,
para abrir los ojos siendo otro
siendo mejor porque te amo,
siendo más porque me crees.

Te acompaño hasta la muerte;
labrada de estrellas,
ornada con racimos de nube
con copitos luna en los ojos
y en la boca
fresas.

A la niña, no a ti,
a ella le hablo.
De todas mis voces
solo ella conoce mi voz,
permea el haz de luz
la grieta, mi voz
como agua cae en la piedra.
Quisiera convertir
en coloridas serpentinas
los ennegrecidos nudos
que al miedo la aferran.

El vapor la hace gota,
el corazón se inclina.
Vi sus ojos en la grieta
y me fui a la neblina
a la otredad de uno, solo
sin aromas ni sueño
en agudos ardores de espina.