Nunca fui la primera ventana
que alguien abría al amanecer.
Fui el banco del parque
que siempre espera,
el libro al que vuelven
cuando todas las historias terminan,
la lámpara que permanece encendida
por si alguien recuerda el camino de regreso.
Aprendí el idioma de los “después”,
de los “cuando tenga tiempo”,
de las manos que saben dónde encontrarme,
pero rara vez eligen hacerlo.
Hay árboles
que nacen en el centro del bosque
y otros que crecen en la orilla.
Los primeros reciben todas las miradas;
los segundos aprenden
a conversar con el viento.
Durante mucho tiempo
creí que, si florecía más,
algún pájaro haría de mis ramas su hogar.
Pero los pájaros no anidan
donde las flores son más bellas,
sino donde desean quedarse.
Y entonces entendí
que no era la primavera
la que me faltaba,
sino dejar de medir mi valor
por las huellas que otros
decidían o no dejar sobre mi tierra.
Porque hay jardines
que no son el destino favorito de nadie,
y aun así
cada mañana
vuelven a florecer.