Hay noches en que los labios
pesan más que el silencio,
y el deseo es un relámpago
incesante.
No he dejado de quererla un solo instante,
ni siquiera cuando el mundo se detiene
y el reloj se burla de mis noches vacías.
La busco en el eco de los pasos,
en el temblor dulce de la distancia,
en el rumor de la ciudad que no la nombra.
Tengo una fiebre de sus besos,
un hambre de su boca
que arde bajo la lengua
La imagino cerca:
su risa, el roce breve de sus dedos,
el instante exacto en que se entrega
el universo entero en un beso.
No he dejado de quererla un solo instante,
ni aunque me persiga la nostalgia,
ni aunque el tiempo insista
en desdibujar su sombra.
Sigo aquí,
con la urgencia intacta,
esperando el milagro simple
de rozar sus labios
y calmar, al fin, esta sed
de sus besos..