EL MAR NO SE VE
Alguna vez, jugamos a subir a los edificios altos
de nuestra zona del barrio, para constatar
que no se veía el mar desde ningún terraza
y menos aún un trozo de costa atlántica,
con la secreta esperanza de que algún bloque de pisos
fuera lo suficientemente alto como
para ofrecer un trozo de azul marino.
Pero, tras subir en grupo, alcanzábamos,
como mucho, la recompensa de una extensa vista panorámica
exclusivamente urbana, de una vasta extensión
de terreno llano minuciosamente urbanizado.
También es cierto que la fuerza del sol y de la brisa
se notaba mucho más allá,
cuando arriba nos instalábamos. “Es una lástima
que no tengamos escaleras de incendios,
como en Norteamérica”, se quejó Pepele,
“siempre he querido subir o bajar por una escalera metálica,
de esas que quedan por fuera del edificio”.
Y luego: “Creo que distingo una manchita azul hacia el norte,
El norte está por allá ¿No?”, añadió Pepele,
un chico que provenía de tierra adentro.
Gaspar Jover Polo