Oh, néctar de cebada, luz dorada,
que alivia el corazón cuando apetece;
tu espuma es paz que en la garganta nada,
tu frescura, un sosiego que se mece.
Del agua y del lúpulo eres nacida,
fermentas con paciencia silenciosa,
y ofreces, en tu magia compartida,
la risa que a la tarde vuelve hermosa.
Tanto si ámbar, rubia, tostada o negra,
unes en armonía a los mortales;
reina de la concordia, tú sostienes
la mesa y los afectos naturales.
Bajo el sol de mi tierra, bien servida,
refugio del necio como del sabio;
brindo por ti, compañera de vida,
eres lujo perfecto, y al justo precio.