La mañana entró, puntual,
como entra la costumbre en las casas viejas:
por la ventana se derramó la luz
a eso de las ocho y algo,
mansa, dorada, indiferente,
como si no supiera
que hoy el mundo termina un poco.
Todo parece igual.
Las paredes, las voces,
el murmullo de siempre en los pasillos,
las risas que rebotan contra los pupitres,
el ruido de una vida que finge
no estar a punto de partirse.
Y sin embargo,
al caer la tarde
nada será lo mismo.
Qué extraño no llorar.
He esperado las lágrimas
como quien espera la lluvia
después de semanas de calor,
pero no llegan.
Se quedan suspendidas
en algún rincón del pecho,
quietas, tercas,
como si también ellas
se negaran a despedirse.
Pienso, por un instante absurdo,
si será porque no los amo.
Pero esa mentira
no me dura ni un segundo.
Los amo.
Los amo con esa clase de amor
que nace sin permiso,
entre tareas mal hechas,
exámenes, desvelos
y conversaciones que salvaron días enteros.
Fueron hogar.
Y digo hogar
como quien nombra algo sagrado,
porque a veces la casa propia
no sabe abrazar,
no sabe sostener,
no sabe parecer refugio.
Ustedes sí.
Por eso quisiera pedirle al tiempo
una pequeña crueldad misericordiosa:
que hoy llegue tarde.
Que se equivoque.
Que olvide avanzar.
Por mí.
Por él.
Sobre todo por él.
Porque todavía quiero
unos cuantos días más de su risa,
más mañanas encontrándome con sus ojos,
más excusas tontas
para permanecer cerca.
Quiero seguir viviendo
esa costumbre pequeña y milagrosa
de reír a diario
como si el mundo no pudiera romperse.
Pero mi pensamiento, traidor,
regresa siempre a él.
A su perfume,
que llega antes que su voz,
como llegan ciertas memorias
antes de hacerse recuerdo.
A sus ojos,
que tienen esa manera injusta
de quedarse conmigo
incluso cuando miro otra parte.
Y no entiendo.
Desde la graduación
no he soltado una sola lágrima.
Ni una.
Tal vez la emoción
es un río demasiado crecido
y por eso no encuentra salida.
Tal vez el dolor,
cuando es verdadero,
a veces no llora:
se queda inmóvil.
Como yo.
Suspendida en este último día,
entre el todavía
y el ya nunca.
Preguntándome
qué clase de incendio silencioso es este.
Qué extraño mecanismo del alma
me deja con el pecho desbordado
y los ojos secos.
Qué demonios me pasa,
que siento el adiós
como una marea dentro del cuerpo,
y aun así
no sé llorar.