La materia del yo
Aquí está la materia del yo: una sustancia que se derrama lentamente en el deseo, como si el cuerpo fuera un cauce y la noche su recipiente. Las palabras, en su quietud, circundan los espacios y los sostienen; permanecen allí, velando el silencio de las cosas.
Detrás de los jazmines vuelan los pájaros, y en el aleteo se abre la errancia, semejante al desprendimiento de una llama que se separa de la oscuridad para buscar otra oscuridad más profunda. El dolor se extravía en esa travesía y el placer se incorpora con sus constelaciones, elevando sobre la noche sus pequeños incendios de luz.
En la llanura, las estrellas se implantan como semillas de resplandor. Son visibles en la vasta simetría del mundo y en su inmensa quietud. La maleza exclama con un lenguaje secreto; su sed es invisible, pero asciende desde la tierra y toca el aire con una avidez silenciosa.
El mar, en cada sorbo de espuma, disemina el tiempo. Lo reparte entre las piedras, entre la arena y las manos que lo contemplan. Entonces se alza una flor, y entre sus fulgores sobreviven las palabras, como si hubiesen aguardado desde siempre el instante de su aparición para volver a nombrar la luz.