Se dice que un beso puede cambiar el destino de alguien,
porque hay besos que permanecen intactos
cuando todo lo demás ha sido olvidado.
Puede ser el descubrimiento del pecado,
la primera puerta hacia lo prohibido,
o la sentencia dulce de vivir encadenado
al recuerdo de unos labios.
Incluso un beso en la mejilla
ha sido alguna vez un veredicto final,
una despedida silenciosa,
el último gesto antes del adiós.
Un beso puede borrarse
como una huella escrita sobre el mar,
pero jamás desaparece del todo;
permanece en la memoria,
en la piel,
en cada latido que aprendió su nombre.
Un beso es el comienzo de una historia
hecha de miles de atardeceres con sabor a ti,
es el instante en que el tiempo se detiene
y el alma olvida el miedo.
Porque un beso es el más hermoso de los pecados:
la certeza de descubrir
que el cielo y el infierno
se encuentran apenas
a un centímetro de distancia.