Dicen que la noche termina,
pero hay noches que no acaban jamás.
Hay silencios tan profundos
que parecen tragarse el mundo,
y recuerdos tan pesados
que convierten los días en piedra.
Lo peor de la vida
no es llorar,
es cuando ya no quedan lágrimas.
No es caer,
es olvidar cómo levantarse.
No es estar solo,
es sentirse invisible
rodeado de personas.
El tiempo pasa,
las promesas mueren,
los nombres se borran,
y los sueños se convierten
en polvo que el viento arrastra.
Entonces llega la oscuridad.
Esa oscuridad que susurra:
\"Ya no queda nada\".
Y por un instante,
parece tener razón.
Pero en el rincón más frío,
donde todo parece perdido,
aparece una pequeña luz.
Tan pequeña
que casi no se ve.
Y aun así,
es suficiente para recordar
que incluso la noche más larga
no puede apagar para siempre
a quien sigue buscando el amanecer.