¡Qué candidez la tuya, ho tierra mía!
Donas tu amor a corazón abierto.
Y el cruel ladrón oculta al inexperto,
el santo y seña de tu gallardía.
El sopor de los siglos en ti duerme.
Y en los bucles de tu melena, al aire,
aún yacen tu estirpe y tu donaire
como un guerrero despojado e inerme.
¡Despierta, pobre esposa maltratada!
No permitas grilletes en tu cuello.
Que tus hijos, sin ser conscientes de ello
te entregan a la mano despiadada.
De promesas que quedan en palabras
te ponen una peina como alhaja,
convertido en sudario de mortaja
que germina en las mentes más macabras.