He pasado tantas horas sin ti, amor…
que el mismo tiempo ha erosionado
—una a una—
las aristas del dolor de no tenerte.
Como si el invierno crudo
ya no quemara en mis manos,
y en el frío gris en que se viste
a la mañana…
existieran —solo por ti—
todos los ocres del otoño
y los calmados verdes
de una mansa hiedra
enredándose en mis horas…
esas que pasé sin ti, amor…
y ahora me sobran.
Y es que el verdadero amor
—amor primero—
tiene la paciencia de la hiedra:
no necesita pasos para ser camino,
ni palabras para hacerse poema;
es la certeza de saber
que formas parte de este poso
que en mí se queda,
—inmutable—
cuando todo lo demás se desvanece…
Porque en ese tiempo, amor,
jamás estuve estancado:
descubrí la verdad de lo que somos,
un amor primitivo
que no es el fuego del incendio,
sino la tibia ceniza
que habita cada espacio que dejas,
y que ningún invierno
puede marchitar.