Hay gente que confunde la vida
con una cuenta corriente.
No llegan a una casa
para escuchar la tarde,
ni preguntan cómo estás
con verdadera paciencia.
Se sientan, miran alrededor,
calculan el valor de una confianza,
el interés que puede dar
un corazón abierto.
Han aprendido a tratar el cariño
como una moneda:
algo que se guarda,
se cambia,
se usa cuando conviene.
Y a veces dicen gracias
con esa educación de los hoteles,
como quien firma un recibo
y ya no recuerda la habitación.
No ven el cansancio
de la mano que se ofrece,
ni la ternura que cuesta
ser bueno en este mundo.
Solo ven la puerta,
la mesa,
el nombre disponible.
Y a veces se ríen:
del que ayuda,
del que presta su tiempo,
del que cree
que no todo favor
debe volver con intereses.
Lo llaman inocente,
torpe,
porque no saben
que la bondad no es torpeza,
sino otro modo de mirar.
Pero también los días
cierran sus balances.
Una mañana,
sin discursos,
sin gestos,
la mano generosa
se cierra despacio.
Recoge su plato,
apaga una luz,
deja de esperar.
Y aprende que decir basta
también es cuidarse.
Hace cuentas,
repasa nombres,
y cuando llega la noche,
esa hora en la que nadie se miente,
descubre la pobreza
que no figura en los bancos:
tenerlo casi todo
y volver a casa
sin que nadie encienda la lámpara.
José Antonio Artés Sánchez