Te tengo en el centro de mi pecho, como quien guarda el latido de un incendio en el rincón más sagrado de la casa. Te amo con la certeza de quien reconoce un hogar después de haber caminado siglos entre las sombras.
Te doy mi cariño no como un regalo, sino como una extensión de mi propia piel, porque quererte es, simplemente, la única forma que conozco de ser yo mismo.
Pero, ay, qué traidor es el reloj cuando te marchas. Cuando no estás, los minutos se vuelven arenas movedizas; el día se comprime, el tiempo se agota, y cada segundo sin tu risa es una página en blanco que mi vida se niega a escribir. Te extraño con una sed que el silencio no calma, extraño el refugio de tu aliento, la paz absoluta de sentirte cerca.
Porque si el tiempo es la medida de nuestra existencia, contigo el tiempo se detiene, se vuelve luz, se hace infinito. Y al final, cuando el mundo se apague y todo lo demás sea olvido, solo quedaremos nosotros: dos almas que se encontraron en la fugacidad del universo para enseñarle al tiempo, por fin, a detenerse.