Que tu entereza conquiste mi espacio
y tu risa se asiente en mi tardes.
Imprégname de ingenuidad los huesos
con la cultura de tu inocencia.
Colonízame sin banderas ni fronteras,
solo con la paciente geografía
de tus manos palpando novedades.
Levanta ciudades de asombro
sobre las ruinas de mis certezas
y haz de cada derrota antigua
un lugar donde sembrar porvenir.
Enséñame el idioma
con el que descifras el mundo
antes de que futuros temores
le cambien el nombre a la felicidad.
Ocupa mis incertidumbres
con el rumor de tus preguntas.
Que no quede en mi tiempo
un rincón ajeno a tu clarividencia.
Y el día que decidas
independizarte de mis brazos,
que nunca desaparezcan en mí
los vestigios de lo nuestro.
Porque en la vida hay conquistas
que invaden, a quien las recibe,
del país que había olvidado ser.