Quizá porque aún escucho,
cuando la noche se inclina,
el rumor de los cocuyos
y el silbo de la neblina
bajando sobre los campos
donde madura la caña.
Quizá porque entre los mangles
dejé escondida mi infancia,
y todavía en la espuma de mi mar azul
la distancia me devuelve aquellos nombres
que el tiempo no me arrebata.
Llevo tu sol en la sangre,
tu sal pegada a la espalda,
y el polvo rojo del monte
donde aprendí las palabras.
Tengo el tambor de los negros,
la voz del viejo repentista,
la guayabera del Yayabo,
la nostalgia del guitarrista.
Oshún me vistió con miel,
Yemayá me habló en las olas,
Changó rugió en la tormenta, y
Elegguá abrió los caminos
cuando la suerte era incierta.
Tengo la fe de los pobres,
el orgullo de la sabana,
el olor del cuero fresco
y la paciencia del guajiro
que mira crecer la mañana.
Soy hijo de los ciclones,
del azúcar y la palma,
de las noches donde el son
enciende el cuerpo y el alma.
¿Qué me voy a hacer, si yo
nací donde el mar es verde,
donde el horizonte canta,
donde la luna se mira
en los ojos de las aguas?
¿Qué me voy a hacer, si yo
nací en las Antillas?
Nací en las Antillas.
Y cuando venga la muerte
a buscarme una mañana,
que no me encuentre en silencio
ni lejos de mi comarca.
Que me dejen junto al viento,
entre la costa y la caña,
donde el Caribe desgrana
su rosario de mareas.
Mi cuerpo será camino,
sombra para el caminante,
y volveré hecho gaviota,
hecho palma, hecho corriente.
Porque nadie abandona del todo
la tierra que lo levanta.