Tus ojos oscuros.
La luz de la tarde apoyada en la mesa.
Cruzar el mapa,
dejar atrás el norte donde la niebla es húmeda
para arraigar el cuerpo en esta costa,
no fue una mudanza de las cosas:
fue aprender a medir el tiempo
con la misma insistencia de tu respiración.
El amor aquí no se nombra.
Es el plato puesto a tiempo sobre la mesa limpia,
la certeza de tu mano que busca la mía
cuando el pasillo tiembla o la noche se vuelve fría.
Llevamos años habitando la misma casa,
limpiando el polvo que el invierno deja en los postigos,
aprendiendo que permanecer
no es una tregua del animal que fuimos,
sino esta costumbre del hueso,
esta inercia de la carne
que ya no sabe retirarse.
Saber quién eres.
Saber quién soy a tu costado.
El único suelo
donde los cuerpos continúan.
Antonio Portillo Spínola ©