Jamás he reclamado a la fortuna
que diera con sus huesos en mi cama,
y nunca le pedí clemencia alguna
al dios de los loores de la fama.
Por suerte, me inyectaron la vacuna
contra la comunión que se programa;
quizás por eso no llevo ninguna
sortija en mi anular con anagrama.
Y no invertí mi tiempo en abogados
que demandasen flechas a cupidos
miopes con cristales caducados.
Al club de los amores compartidos
son muchos aspirantes los llamados,
pero qué pocos son los elegidos.