José Antonio Artés

LAS LLAVES DE MI CASA

Durante demasiado tiempo
confundí la paz
con la ausencia de portazos.

 

Habité una casa
de puertas siempre abiertas,
no por generosidad,
sino por el miedo
a escuchar el ruido de un cerrojo.

 

El “sí”
era una habitación templada.

 

No exigía explicaciones.
Entraba en la costumbre
como el polvo sobre los muebles:
sin hacer ruido,
hasta parecer parte de la casa.

 

También yo
acabé pareciéndome
a esa quietud.

 

Después comprendí
que existen asentimientos
que no nacen del afecto,
sino del temor
a que cambie la expresión
de unos ojos.

 

Cada “sí”
retiraba una piedra del muro.

 

Y uno cree
que sigue a salvo
porque el techo
todavía no ha aprendido a caer.

 

El primer “no”
no fue un portazo.

 

Fue el leve crujido
de una puerta
que volvía a cerrarse
desde dentro.

 

Costó.

 

No por la palabra,
sino por el espacio
que reclamaba.

 

Porque el “sí”
deja siempre libre el umbral.

 

El “no”,
en cambio,
aprende dónde empieza
la propia casa.

 

Sabe
que alguna puerta
dejará de llamar.

 

Que alguna silla
quedará vacía
alrededor de la mesa.

 

Y acepta ese silencio
como el precio
de una verdad.

 

Entonces comprendí
que el coraje
no siempre consiste
en caminar contra el viento.

 

A veces
basta con permanecer.

 

Quedarse en el centro del cuarto,
escuchar el eco
de los propios pasos
y reconocer,
por primera vez,
que esa voz
también era la nuestra.

 

Desde aquel día,
cada “no”
ha ido devolviendo,
despacio,
una llave a mi mano.

 

Ahora sé
que una casa
con todas las puertas abiertas
termina olvidando
quién vive dentro.

 

Cerrar una
no fue perder el mundo.

 

Fue empezar,
por fin,
a habitarlo desde mí.

 

José Antonio Artés Sánchez