Antonio Portillo

El guardián invisible

 

​No necesita abrir la puerta:

se cuela por la rendija del postigo

con el polvo de la tarde.

Se posa sobre la taza a medio beber,

sobre la carta que nadie ha desdoblado.

​Se derrama en el borde de la mesa de pino.

Lo que toca recupera su relieve,

la veta se despierta.

Custodia el territorio

que los hombres han dejado solo,

sin más defensa que su claridad.

​No sabe de inviernos ni de aduanas.

Pasan los años sin que le crezca sombra,

intacta en el fondo de la habitación cerrada.

Espera a que alguien regrese y, al rozar el quicio,

devuelva el color al jarrón,

el temblor al espejo.

​No deslumbra.

Le basta con lamer la superficie de las cosas.

Una lengua muda sobre la madera y la ceniza.

El único cuerpo

que permanece.

​Antonio Portillo Spínola ©