Se me sale, no puedo aguantar más.
La exposición no acaba nunca.
Pensé que acabaría pronto, que podría aguantar.
Estoy rodeado de varias filas de ejecutivos
hasta la puerta de salida y es mi presentación oficial,
mi primer día. Cada diapositiva se hace eterna.
La puerta parece tan lejos como el perdón
de la mujer. Me acomodo, aflojo mi cinturón
y sobo mi vientre. No sé qué más hacer.
Sudo frío. Diapositiva con video. Diapositiva
con tablas. Tablas que llevan a gráficos,
gráficos que llevan a preguntas, preguntas
para lucirse, preguntas con respuestas
más largas que las diapositivas. La cabeza
de tortuga asoma: Primer trabajo fijo
en cinco años. Acaben de una vez.
El gerente general pide una pausa
para presentar a los nuevos.
Me pongo de pie sosteniendo mi pantalón
por el bolsillo del saco. Giro despacio,
con la mirada en el más allá de la letrina,
a saludar a los presentes. Fijo mi atención
en la puerta y me siento. La exposición continúa.
Diapositivas con mentiras piadosas, diapositivas
con acomodos convenientes. Mierda, mierda,
un pedo. ¿Se escuchó? Hay una guerra en mi vientre,
huele a descomposición, a muerte. No puedo más,
tengo que salir. Si me río me cago, si lloro también.
Me pongo de pie cerca de desfallecer. Avanzo y
pido permiso a pasos cortos. Ajustando, ajustando.
Soy un fantasma pálido y lloroso rumbo al desempleo.
La puerta está cerrada y no logro abrirla. Jalo y no se abre,
hago ruido y voltean a ver. Ejecutivo, científico y solo.
Las fuerzas del esfínter me abandonan. Empujo más fuerte
y me cago. Resbala aguada por mi pierna hasta el piso.
Los que están cerca intentan alejarse y los que están lejos
los empujan hacia mí. La exposición se detiene.
El rumor corre por la sala hasta la gerencia:
«El nuevo se ha cagado». Los más emotivos vomitan:
«Maldita sea la hora en que presentó su currículo».
«Ojalá no le hubieran dado su carnet nunca».
«Ojalá se muera de diarrea». «Dispárenle en la cabeza».
«Mejor no, saldría más mierda». Pasión por el logo,
pasión por la camiseta: Los que aman la empresa
me golpearían hasta matarme si no les diera tanto asco.
Pero todavía no termino. La guerra sigue con un pedo
nuclear que revienta mis calzoncillos y la mierda trepa
hasta mis hombros. La desesperación me cegó
y no vi el pestillo. Lo abro y salgo dejando el rastro
criminal hasta el baño. Cierro con llave, me encierro
para siempre; quisiera morir aquí.
Me giro y hallo compañía: la señora de limpieza
abraza el trapeador y tapa su nariz. Nuestras miradas
saltan de la compasión a la agresión por supervivencia.
Mientras corro hacia la taza ella logra huir. Reflexiono
sobre otra interrupción antes del desenlace. Quiero
regresar y cerrar la puerta; resbalo, patino y caigo.
Me arrastro y logro atrincherarme; podría trabajar aquí,
recibir y enviar documentos íntimos y oficiales.
Termino sentado y no hay papel, no puedo imprimir.
Mis medias nuevas harán el trabajo sucio, mi corbata
también. Trato de asearme con agua, con mi propia ropa
y sigo embarrándome. ¿Cómo salgo de aquí? ¿Cómo regreso a casa?
Me limpio y espero la noche para llamar un taxi.
Cuando llega, paso corriendo delante de la seguridad
y entro de un salto por la ventana. Después de los reproches,
de rogarle que no me baje, se estaciona en la puerta
de mi casa. Le pago los daños, le regalo el saco y me lo arroja
en la cara. Otra puerta, más fácil de abrir
y más complicada de pasar: Entro al baño
y mi madre pregunta cómo me fue.