Todo en ti
parecía invitar al incendio.
Bajo tu piel,
mapas secretos
aguardan mi descenso.
Paleontóloga
de tu anatomía,
me disuelvo
en la sal de tu herida.
Rasgo tus contornos,
y cada estremecimiento
enciende una hoguera en mi pecho
con la violencia dulce
de lo inevitable.
Mis labios avanzan
como animales nocturnos
sobre territorios que tiemblan,
y tu respiración,
rota y encendida,
me devuelve el fuego.
No hay tregua.
Solo este vértigo
de hundirse en el otro
hasta olvidar el nombre,
hasta que la piel recuerde
lo que el deseo sabía
antes de existir el miedo.
Tus suspiros—
feroces,
hambrientos—
despiertan la noche
dentro de mi cuerpo.
Cada roce es vértigo.
Cada latido,
un territorio en brasas.
Hasta que el mundo desaparece
y solo queda
esta respiración herida,
este pulso brutal,
esta forma salvaje
de reconocernos.
Tus manos me marcan
como se marca la memoria.
Mi lengua—
tibia y devota—
te reclama
igual que el mar
reclama la luna.
Y en el choque invisible
de todo lo que arde,
nace un idioma secreto:
dulce,
brutal,
imposible de traducir.
No quedan palabras.
Solo la sed feroz
de aquello que se desea
demasiado.
Y cuando caemos,
temblando sobre las ruinas
de lo que fuimos,
queda apenas un eco:
el rugido mudo
de dos incendios
que, al encontrarse,
olvidaron
cómo apagarse.
La 💙 Gitana. ©27/06/2027