Tus clavos en mis manos,
ya no sangran,
son resabios de haber muerto y renacido.
De la herida brota luz,
un río profundo que perdura,
y en cada charca florecen,
memorias de lo efímero.
El dolor fue cenizas,
el silencio, umbral,
y ahora mi piel respira,
como un templo abierto al alba,
perfume de la otredad.
Resurrección: no es volver,
es ser distinto,
es llevar en la carne la certeza de lo inevitable,
y caminar con pasos nuevos,
sobre esta tierra antigua.
Es sepultar los sofismas,
bajo un manto de tierra fértil,
y hacer que en su silencio,
florezca lo verdadero.
Ya he visto caer la tarde,
como pájaros cansados,
rompiendo la estructura lineal,
del acto repetido.
Revelación de lo negado,
reverberación de lo tardío,
donde siempre viste mentiras,
solo fue verdad,
este amor mío.