Yoel Ferrat Martínez

Pater Familias

El canto fue breve. Se ahogó en un llanto bajito, sin querer hacer ruido. Intentó escaparse lento, pero los sonidos de la nariz tratando de apagar el griterío interior lo delataron. Suspiró. Se puso en pie, como quien va a la guerra pero las armas le pesan. Le pesan las rodillas. Su uniforme de huesos y músculos está cansado, roído por la angustia. Se mueve en la abundancia de la luz porque sabe que allí nadie verá su pequeña oscuridad. Tomó el café, pero su amargo no lo despertó; solo encendió el recuerdo quemante, que rozaba lo majestuoso del olvido. Cantó, pero la garganta le cortaba el sonido, con un amargor más profundo que el café que no terminaba de rodar hasta el estómago, detenido en ese recuerdo irrespirable.

El humo y el viento, danzando en un bucle, le quemaban el paladar y deshacían el papel en cada jalón nicotínico. Fumaba buscando cerrar la puerta al deseo ingobernable de recordar, pero el cigarro dejó de ser un pequeño aliado para convertirse en amo indiscutible de sus horas. Le amarró la garganta a la enfermedad y al ciclo interminable del adicto.

Puso un pie afuera. Miró adentro: vacío, desespero. La casa era el espejo de su mente. La calle lo esperaba como un animal metálico listo a devorarlo, a ofrecerle el sometimiento a la masa edulcorada y a sus caprichos. Cantó por fin, no con lirismo, sino con la mueca del que teme a la vida más allá de las paredes. Y fue a la guerra, solo con su desnudez y con su hambre. Listo a contar otro día más para su muerte acelerada.