Cantar del río y la cascada
Nace el río en la paz de la montaña,
un hilo de cristal, calma genuina,
que con sutil y leve marcha fina
el verde valle con su curso baña.
Desliza su corriente sin apuro,
reflejo del azul en su sosiego,
un manto de silencio y blando ruego
que duerme la llanura en lo oscuro.
Mas de pronto, la tierra se fractura,
y el abismo despierta su rugido;
el viaje, que era un suave recorrido,
se torna en vertiginosa aventura.
Y se lanza en cascada hacia el abismo
borbotones de espuma, salto ciego;
un torrente de vértigo y de fuego,
que arrastra la corriente al cataclismo.
Cae el agua con fuerza y con locura,
rompiendo la quietud en mil pedazos,
entregada a los rápidos abrazos,
de una velocidad que la apresura.
Pero el estrépito al fin halla el reposo:
el golpe amaina, el vértigo se apaga,
y en un ancho remanso que halaga,
vuelve todo a su curso silencioso.
Es un estanque de agua limpia y clara,
un oasis de baños placenteros;
donde acuden dichosos los viajeros,
ya que el sol en su curso los ampara.
Y tras el breve idilio de ventura,
el río sigue el curso que traía;
avanza con la misma melodía,
borrando de su flujo la ruptura.
Avanza el agua en mística andadura,
perdiéndose a lo lejos en el prado,
como si aquel abismo superado...
fuese tan solo un sueño en la llanura.
Autor: Andrés Navarro Garrido