No fue el vértigo lo que me llevó hacia ti,
ni esa ceguera dulce
con la que suelen confundirse los impulsos.
Fue algo más hondo.
Como si en el centro mismo del riesgo
hubiera una verdad esperando ser vivida.
Desde entonces,
cada límite dejó de ser frontera
y empezó a parecerse a un umbral.
Porque amar —lo he comprendido tarde—
no es prometer imposibles,
ni incendiar el mundo para probar un punto de fe;
amar
es colocar el alma en la intemperie
sin la certeza de ser resguardado.
Y aun así, quedarse.
Si hubiera que cruzar la noche sin nombre,
lo haría,
no por hazaña
ni por la absurda sed de lo heroico,
sino porque hay presencias
que justifican la caída
y le dan sentido incluso al abismo.
Qué otra cosa es el amor,
sino esta forma lenta de renunciar al miedo,
este aprender a perderse
sin extraviarse.
He visto a los hombres aferrarse a lo seguro,
erigir muros,
llamar prudencia a su cobardía.
Pero hay instantes —raros, irrevocables—
en los que la vida exige una ofrenda total:
no una parte,
no un gesto,
no una promesa a medias,
sino todo lo que uno es
temblando.
Y es ahí
donde el amor deja de ser palabra
y se convierte en destino.