José Honorio Martínez Ochoa

Insistencia del azogue

Insistencia del azogue

Te veo cuando el árbol crece,
cuando las nubes deslumbran la mirada
y el mundo parece abrirse
como una herida luminosa del aire.

Hay un espacio en mis manos
para detenerte,
pero no como se detiene un objeto,
sino como se sostiene una aparición
que todavía no decide
si pertenece al mundo o al sueño.

He dibujado el horizonte disperso,
he recorrido el río diáfano
como quien aprende a leer
la respiración del tiempo.
Me he reflejado en el espejo del invierno
y allí, en su superficie quebrada,
he sentido el brillo de tu respiración
atravesando la materia del frío.

Entonces te invoco.

Abre los ojos
y penétrame en tu vuelo.
Déjame ser atravesado por tu altura,
como si el cuerpo pudiera volverse aire
sin perder su temblor.

Me lleno de tus manos,
de la memoria que derramas
sobre la noche enlazada al deseo.
Piel que se ajusta a la corriente del río
como si el agua reconociera
su antigua forma en nosotros.

Déjame ser la claridad del alba,
la marea calcinada en tu risa,
el principio que aún tiembla
en el borde de tu galaxia.
Déjame ser el goce
donde la fosa del desvarío abre su flor,
sombra que te evoca
sin terminar de decir tu nombre.

Entre la noche y el mar
todo se derrama.

La espuma duerme en las piedras
como un pensamiento exhausto.
La astilla del viento se dispara
en dirección al silencio.
Las arenas fingen permanencia
mientras el mundo se deshace
en su propia respiración.

Y en ese desbordamiento
algo en mí despierta:
la brisa nativa del desvarío.

El tiempo abre mi voz
como una puerta sin cerradura.
Los ecos de mi caída
soplan el salitre de tu nombre
y lo devuelven al aire
como una forma de insistencia.

Te nombro a ciegas.

Se desprende la piedra
con la sed antigua de la ola.
Te miro con la insistencia del azogue,
como si el espejo no pudiera evitar
seguir devolviéndote
una y otra vez
en el centro de mi mirada.

Alzo mi puño hacia la inocencia del mundo.
Se ordenan las estrellas
sin que nadie las nombre.
La tinta se derrama en el cuaderno
como si escribirse fuera una forma de caer.

Las nubes se mecen en el corazón.
Los labios sonríen sin sonido.
El cielo dorado enmudece
como una revelación que no necesita testigos.

Y entonces,
como un vino puntual,
como el agua que despierta en nuestras manos,
comprendo que todo lo escrito
no ha sido otra cosa
que la manera del mundo
de acercarse a ti sin romperse.