Por las noches,
ellas se acurrucan aquí.
Una pone la cabeza sobre el hombro de la otra,
se tapan con una manta
y hablan de cosas importantes:
—¿Crees que nuestro perro sabe que es un perro?
—¿Y si la cobaya nos está juzgando?
Preguntas profundas, dignas de filósofas.
A veces se besan o se ríen hasta llorar.
A veces una se queda dormida
y la otra le acomoda el cabello.
Y yo,
que soy sólo un sofá,
tengo que admitir algo:
es imposible no encariñarse con ellas.
Porque esta casa tiene algo especial;
un gato que gobierna,
una cobaya con alma de exploradora,
un perro que me usa de trampolín,
dos creadoras de contenido
que convierten cualquier tontería
en una aventura.
Y en medio de todo eso,
estoy yo,
hundido en ciertas partes,
cubierto ocasionalmente de pelos,
pero orgulloso.
Porque hay sofás que pasan toda su vida
en salas impecables y silenciosas.
Yo, en cambio,
tengo el privilegio de sostener
una historia de amor.
Dedicado a Lauren Elloise y Erin Middleton