No hay verdad sin derrota,
el peso de la culpa palpita entre las sombras,
la palabra de Dios se hace nueva y nos asombra,
nos coonsume,nos redime, nos mortifica
y se convierte en gritos del alma.
Un alma ya gastada perturbada por aquellos silencios
que sólo eran míos de madrugada,
amando la esencia del hombre mismo y de la palabra
callando unos minutos demasiado necios.
Los necios fueron siempre los dueños del destino
y quisieron vestir a la vida de sus huellas,
lucharon por sentir y nunca ser sentidos
volando junto al gavilán de las memorias
y al canto de la victoria que persigo.
Hallé mi camino roto y desolado
abrazado a la estirpe de mi soldado.
No hay verdad sin derrota
producto de un querer que ni se nombra.
No hay verdad sin derrota.