Hay una forma de quedarse
mirando la lluvia.
Sin hacer nada.
Sin esperar nada.
O esperándolo todo.
Las calles están mojadas.
Como cada vez que el cielo
decide hablar en silencio.
Y yo miro desde la ventana.
Sin moverme.
Sin saber si el mundo sigue girando
o si se ha quedado detenido
en algún lugar
donde nunca llegaremos.
Ya está callado otra vez.
La vida se corta nuevamente.
No tengo paciencia.
Me cuesta tener paciencia.
Nunca he tenido una varita mágica
para que todo funcionara perfectamente.
El amor.
La pasión.
El cariño.
Qué poco entiende el corazón
de las distancias.
Qué poco entiende del tiempo.
Qué poco entiende de los imposibles.
Y, sin embargo, sigue.
Como el agua.
Como la lluvia.
Como los días.
En mí ya no quedan flechas.
Ni sustos.
Ni alaridos.
Ni siquiera los gritos de otros años.
Solo esta forma tranquila de sentir.
Esta manera de guardar
un nombre dentro del alma.
Sin pedir nada.
Sin reclamar nada.
Porque, después de tantos años,
¿qué puede quedar?
Quizás solamente un cariño.
Un cariño forjado despacio.
Con palabras salteadas.
Con silencios.
Con ausencias.
Con días enteros sin saber.
Y otros días sabiendo demasiado.
¿Será que la tranquilidad
me ahoga cada día más?
A veces lo pienso.
Porque también me aleja
de todo lo que amo.
De lo que necesito.
De esos suspiros pequeños
que todavía viven dentro de mí.
Solo la lluvia que cae en la calle me despierta y me hace abrir los ojos.
Las calles están mojadas.
Y parece que toda la ciudad duerme.
Nadie llama.
Nadie espera.
Nadie pregunta.
Solo el agua.
Siempre el agua.
Qué triste es no ser amada.
Qué triste es querer
sin esperar nada a cambio.
Y, aun así, seguir queriendo.
Como quien cuida una flor
que no florece.
Como quien deja una luz encendida por si alguien regresa.
¿Y si encontrara el tiempo?
¿Y si todavía existiera
un lugar para los sueños?
¿Y si la vida no fuera
más que este caminar sonámbulo?
Dejando todo en las manos de Dios.
He intentado escuchar su palabra.
Dentro de mí.
Quizás suplicando.
Un nuevo comienzo.
Una nueva vida.
Una nueva flor.
Una nueva hoja.
Un nuevo espíritu.
Una nueva carta.
Un nuevo poema.
Algo que me despierte
de este sueño imposible.
Porque las calles están mojadas.
Y en mis ojos hay lágrimas.
Y las lágrimas acompañan el sonido
de la lluvia en la calle.
Y mientras la noche cae lentamente,
yo sigo aquí.
Con la poca sabiduría
que me ha dado la vida.
Con la dulzura
que todavía guardo en el alma.
Enamorada de un imposible.
Sin miedo ya.
Porque no puede haber nada más.
Solo ese cariño.
Ese cariño forjado por los años.
Qué triste es no ser amada.
@Dama de las Algas
Asturias 26 de junio del 2025