José Honorio Martínez Ochoa

Órbita de la respiración

 

Órbita de la respiración

Mi cuerpo está aquí,
guardado en el fondo cósmico de la noche,
allí donde la materia todavía respira
con una lentitud anterior al tiempo.

La corteza azul de las densidades infinitas
rodea mi silencio.
Y el pulso,
como un fuego oculto,
consume lentamente al sol
en el horizonte equidistante de la memoria.

Entonces apareces.

Te apresuras un segundo
ante el movimiento inesperado de la ola.
Invocas la espuma
con la blancura lenta del espejo,
y tu cuerpo comienza a crecer
en la luz abierta de la bahía.

Yo me asfixio en el oleaje de las horas.

El viento relampaguea en las hojas,
arde después sobre tu espalda desnuda,
y deja en la piel
una escritura temblorosa
que ninguna palabra logra contener.

Cuando me despliego
bajo la nuca del sol adolescente,
bebo de tu ola
el aire embelesado del verano.
La memoria diseña entonces
un tiempo imposible de retener:
fluye, se dispersa,
vuelve sobre nosotros
como el aroma de las yerbas
después de la lluvia.

Y comprendo
que el amor no desciende únicamente al cuerpo:
echa raíces,
florece en la respiración,
madura lentamente
como un fruto oculto en la sombra.

El día entra tembloroso en la carne.
Atraviesa las espinas del mundo.
El latido avanza sobre el agua
con una fragilidad luminosa,
como si cada instante
estuviera naciendo por primera vez.

Sostengo tu cuerpo
desde la forma invisible que me habita.
Tus pechos se enredan en mis manos
igual que galaxias acercándose
en el silencio de las nubes.

Nuestros ojos arden.

Colisionan lentamente
al mirarse,
y en ese cruce de luz
comienza el territorio de tu presencia.

Tu sonrisa irradia.
Tiene la gravedad secreta
de las estrellas lejanas.
Todo en mí
es atraído hacia esa claridad
que no domina ni destruye,
sino que abre espacio
para que el mundo respire.

Los cuerpos se buscan
como fuerzas antiguas de la materia,
como órbitas que lentamente descubren
su necesidad de permanecer unidas.

Somos atracción y caída.
Electromagnetismo del deseo.
Un elipsoide girando alrededor
de una estrella pensativa de álamos,
mientras el universo, silencioso,
continúa expandiéndose dentro de nosotros.