Primera vez en su vida que veía un espécimen de esa laya. Se aterrorizaba con cada paso que daba. Fiel testigo soy de como flotaba súbitamente y descendía febrilmente. Ni el gran soplo de vida, podía hacerlo enrojecer del estado en que se encontraba: duro como una roca, libre como una mosca.
Finalmente sucedió lo que más me temía; Preguntarme qué era aquello que a su encuentro venía.
—Amigo mío, puedo sentir que una presencia no familiar se acerca a nosotros, dime qué es. ¡Dímelo por favor! ¡Te lo suplico!
—Eso, amigo mío—Contesté—, es una mujer.
A juzgar por su sesgo, supe que podría vivir unos años mejores de los que vivió en los campos de concentración.
—¿Me la describirías?
—Sería un error fatal, amigo mío. Nadie con los cinco sentidos bien servidos juzga sensato contar las estrellas en un cielo lívido.
—Eres malo. Lo dices por mi ceguera seguro...
—No, lo digo porque desde hoy dejarás de serlo...