Un remanso sombrío y escondido,
apartado, casi, por su río.
Duermen las silenciosas aguas,
soñando, impotentes,
con cascadas y torrentes.
El grito de una garza,
un temblor de ondas, un escalofrío.
Con campos estrellados,
ya de noche, los ardores calmados.
Yacen entre el cieno, marchitos,
designios, juras, promesas y bravuras;
torpes esperanzas y salobres sorpresas.
En la vaporosa espera
de una irrumpiente crecida
que libere su ansia adormecida.