Dime.
¿Te enamoraste del poema
o del poeta?
¿De mí
o de la idea que tienes de mí?
Porque hay una diferencia.
Enorme.
Como entre el mapa
y la ciudad que te pierde.
Tú leíste mis versos
y construiste un hombre.
Le pusiste mis ojos
pero no mis silencios.
Le diste mi voz
pero no mis miedos
de las tres de la mañana.
Ese hombre que armaste
—tan prolijo,
tan tuyo—
no soy yo.
Yo soy el que no responde.
El que se va sin avisar.
El que a veces
no encuentra la palabra
y se queda mudo
frente a todo
incluso frente a ti.
Yo soy el que escribe
para no hablar.
¿Lo sabías?
El poema miente
de una manera hermosa.
Ordena lo que en mí
es puro caos.
Pone puntos
donde yo solo tengo
preguntas abiertas
que se bifurcan
y bifurcan
y no llegan.
Tú te enamoraste del orden.
Y yo
soy el desorden
que lo produce.
Dime ahora.
¿Qué amas?
¿Al que escribe
que el amor es eterno?
¿O al que sabe
—y calla—
que se acaba,
que todo se acaba,
que incluso esto
que estamos nombrando
ya está
en otra parte
siendo otra cosa?
Hay una zona
donde yo no existo
como tú me imaginas.
Una habitación sin metáforas.
Un hombre sin poema.
Despeinado.
Torpe.
Equivocado.
¿Podrías amar
a ese?
No al verso.
No a la imagen construida
en tus noches de lectura.
No al personaje.
A este.
Al que no sabe
si merece
lo que escribe.
Al que a veces
te mira
y no encuentra
ni una sola
palabra.