¿A dónde van los vocablos que se bajaran de la boca?
Esos que no se quedaron a pelear el renglón.
Quizá no flotan en un cielo de retórica,
ni son prisioneros de un ventarrón abstracto.
Apuesto a que se amontonan en las hendijas del frío,
ahí donde la marea de la prisa no los alcance,
buscando el calorcito de un recuerdo limpio,
un café compartido que cure el desamparo.
Y las miradas aquellas, las que un día partieron
con la mochila llena de adioses urgentes,
hoy ruedan seguro sobre los cristales de la tarde.
Son como gotas de lluvia pertinaz y terca
que golpean la ventana pidiendo permiso para pasar,
para volver a entrar en el mapa de tus ojos.
No creas que se mueren en la nada del olvido.
Aunque jueguen a no ser, aunque parezcan ceniza,
vuelven siempre a ser algo en el inventario del alma,
una tregua, un asombro, o simplemente, las ganas de volver.