Crujían las piedras de un siglo mojado,
fantasmas de lluvia danzaban de prisa,
la noche era un manto de tinta y ceniza
y el frío, un puñal en el aire clavado.
Los tristes fanales, con ojos de ciego,
apenas rasgaban las sombras errantes,
más ciegos de amor, caminábamos antes
envolviendo el frío en hálitos de fuego.
¡Oh, vapor de las bocas que vuela y se enrosca!
¡Oh, cuerpo y perfume de enigma bendito!
Un místico aroma flotaba infinito
mientras la ciudad se volvía más fosca.
Buscamos el refugio de cada semana,
un templo de música, luces y besos,
allí donde el alma rompía sus huesos
y el rock nos abría una herida temprana.
Entre la marea de mil multitudes,
al son de los blues y del alma del soul,
bebíamos notas de alcohol y charol,
fundiendo el presente con las juventudes.
¡Tus manos, mis manos! Impulsos sagrados,
el jazz era un río que el pecho cruzaba,
y el tiempo en sus redes nos encadenaba
en aquel rincón de los días dorados.
Mas ¡ay!, que el destino, con mano de hielo,
rompió nuestros mapas, tronchó la corriente,
y cada uno partió hacia un confín diferente
bajo la mirada de un ciego desvelo.
Tomaron los cuerpos lejanos paisajes,
volaron los años con alas de olvido...
¡Mentira! el tiempo quedó malherido:
no pudo borrar tan eternos tatuajes.
Pasó un cuarto de siglo en su coche de viento,
y en una tormenta de azar y destino,
la vida nos puso en el mismo camino
borrando de golpe cualquier sufrimiento.
¡Tú estabas allí, con la misma pureza!
la misma mirada, la fiel identidad,
burlando los años y la gravedad,
confeccionando una nueva belleza.
Y sopló el vapor de las bocas unidas,
y el viejo perfume de enigma y de azahar
volvió en el ambiente de nuevo a flotar,
curando en el acto las viejas heridas.
Suena de fondo un blues del espacio,
el jazz nos envuelve en su manto inmortal;
ya no hay más distancias, no existe el final,
los cuerpos se funden en tierno palacio.
Caminamos juntos, la noche es vencida,
los dos abrazados en la eternidad,
reyes del tiempo, de la fidelidad,
¡Amando sin tregua más allá de la vida!