Y allí estaban antes de desaparecer, quietas, como dos preguntas abandonadas; también ellas se marcharon sin mirar atrás, sin despedirse, casi huyendo, sin saber por qué.
Entonces entendí que algunas personas vienen simplemente para marcharse, sin tocar nuestras vidas con su presencia.
Y otras que partieron sin querer, dejaron para siempre una huella luminosa y extraordinaria en el camino.
Las que se fueron así no más y sin decir nada, son como aquella marca que dejan las ruedas de sus maletas sobre el polvo del camino, porque en algún momento y sin darnos cuenta, el viento ha de borrar sus huellas y se llevará todo.
Pero siempre en nuestras vidas han de existir las otras, las que en realidad te marcan, las que te enseñan, las que con una simple sonrisa te dicen, aquí estoy y aunque me vaya siempre estaré contigo.
Porque de esas maletas recuerdas todo. Hasta el color de su piel.
Entonces solo queda mirar el horizonte de otro modo: sin exigir permanencias ni promesas imposibles; porque hasta las ausencias tienen algo que enseñarnos, y algunos adioses son también una forma de regalo.
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Rafael Blanco López
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