JUSTO ALDÚ

TERREMOTO

La tierra sufrió un acceso de demencia mineral.

Entonces el terror se hizo carne.
Crujieron las vértebras del subsuelo
y un bramido ctonio
atravesó las arterias de montañas.

-Llave del miedo-

Ciudades reducidas
a escombros de vida,
a osarios de ladrillo,
a una dispersa liturgia de polvo.

Balcones colgando del vacío
como párpados arrancados al horizonte.
Las puertas ya no conducían a ninguna parte.
Abrían únicamente hacia la ausencia.

Las calles mudaron su sangre de tránsito
por una circulación de piedra.
Las iglesias naufragaron en la memoria del polvo.
Y el horizonte,
desgarrado por una mano sin rostro,
sangró negras columnas hacia el cielo.

Vi cocinas sentadas en las nubes del derrumbe.
Vi relojes latiendo bajo las piedras.
Vi una cuna conversando con el silencio.
Vi al cancerbero abrirse paso entre tumbas.
Vi el absurdo,
ese notario espectral de las catástrofes,
firmando actas sobre la cal de los muertos.
Había abismos de humanidad sepultados
bajo la ferruginosa respiración de los cascotes.

Nombres.
Fotografías.
Infancias.
Genealogías enteras.
Todo mezclado
en una misma geología del infortunio.

El aire tenía sabor a yeso sacrificial.
Las plegarias subían torcidas,
como aves con las alas fracturadas.
Y la noche,
cubierta con un manto de ceniza,
recorría las ruinas
contando los corazones ausentes.

Pero entre tanta devastación,
entre aquel bestiario de grietas,
entre la epilepsia pétrea de la naturaleza,
aparecieron las manos.
Pequeñas lámparas humanas.
Manos removiendo el desastre.
Manos excavando el dolor.
Manos rescatando respiraciones
de las criptas del concreto.

Entonces comprendí
que la muerte puede derribar campanarios,
puede pulverizar avenidas,
convertir una ciudad
en una alucinación de polvo,
pero no consigue sepultar del todo
esa obstinada claridad
que los hombres llaman esperanza.

JUSTO ALDÚ © Derechos reservados 2026