Carlos Andrey Vargas Araya

A 2 pasos del infierno

 

¡Ódiame! Si tu alma así lo quiere,
como se odia la sombra del pantano,
como el viento maldice al árbol seco
cuando le arranca el último verano.

Destrúyeme. Que caigan sobre mi pecho
las piedras del rencor y del olvido;
que ya mi pobre cielo se deshace
como un lirio marchito y abatido.

Madrugué con la aurora entre los ojos,
buscando el primer oro de la mañana;
mas no hallé la caricia de los soles,
ni la paz que florece en la montaña.

Y tú, sin detener tu paso breve,
sin preguntar siquiera por mi suerte,
me empujaste a los bordes del abismo
donde conversa el desconsuelo con la muerte.

¿No recuerdas acaso aquellas horas
en que fui sombra fiel para tu calma?
Cuando alcé mi humilde escudo protector
para guardar la herida de tu alma.

Hoy la inspiración huyó como las aves
que abandonan el bosque entristecido;
sólo queda una lluvia silenciosa
cayendo sobre todo lo vivido.

Y mientras la tarde agoniza lenta
sobre los montes grises del dolor,
comprendo que esta vez sí me arrojaste
a dos pasos del infierno, sin amor.

No por el golpe mismo estoy vencido,
ni por la amarga espina de tu acción;
sino porque no pensaste un solo instante
si quedaba aún vida en mi corazón.

Y en la noche, bajo un cielo sin estrellas,
mi tristeza es la única guaria que florece.