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Hoy siento que la vida me florece
como un rosal después de la tormenta
cada latido, dulce, me alimenta
y en mi interior el universo crece.
La luz, sobre mis manos, permanece
como una bendición serena y lenta
mi corazón, que al cielo se presenta
de gratitud y de asombro se estremece.
Soy hija del silencio y de la aurora
el viento peina en mí viejas heridas
hasta volverlas cánticos de espuma.
Mi fe no pide tronos ni victorias:
le basta descubrir, todos los días
que algo me nombra en cada flor que suma.
Si miro un ave, el alma se ilumina
si escucho el río, escucho mi destino
si beso un niño, encuentro el don divino
que en toda criatura peregrina.
La tarde se hace música cristalina
la noche enciende un íntimo camino
y voy dejando el miedo en el molino
donde el amor la oscuridad inclina.
¡Qué inmenso privilegio estar viviendo!
Ser mujer, ser ternura, ser abrazo,
ser una humilde lámpara encendida.
Y caminar, sin prisa, descubriendo
que cabe el cielo entero entre mis brazos
cuando agradezco el milagro de la vida!
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