Sabrina Laura

El habitante sin nombre.

Despojados de todo, incluso de sí mismos.

Van sin nombre, sin alma, deambulando por calles interminables. No existe un norte para ellos; no hay mañana, ni hoy, ni tiempo.

Y cuando alguien, por piedad o por azar, se atreve a mirarlos fijamente, destellan en sus ojos vidriosos la agonía, el abandono y el sufrimiento.

Algunos pagan el precio de sus errores y adicciones, de la inmoralidad, de aquel temerario: «Yo lo puedo controlar».

Otros fueron alcanzados por la locura o la mala fortuna; por no haber nacido con la certeza de que el hombre se construye a sí mismo, ni con la fuerza suficiente para habitar sus circunstancias.

Quizás la verdad resida en algún punto intermedio: un limbo entre el hombre y sus circunstancias, entre la resiliencia y el azar, entre la fortuna y la desdicha.

Allí habita, silencioso e invisible, el habitante sin nombre.