Un día como hoy, hace veintiséis años, me encontraba solo en casa cuando escuché el ruido de unas llaves abriendo la puerta. Era ella, que regresaba de reunirse con unas amigas. Eran casi las nueve de la noche y, aunque nunca desconfié de ella, aquella era una situación que se repetía con frecuencia y que, en ocasiones, se extendía hasta las diez o incluso más tarde.
Nuestros horarios parecían empeñados en no coincidir. Cuando yo estaba, ella no estaba; y cuando ella llegaba, yo ya me encontraba cansado u ocupado con otras cosas. Poco a poco habíamos dejado de compartir esos pequeños momentos cotidianos que mantienen viva una relación. Ya casi no hablábamos de nuestras cosas, de nuestros proyectos, de nuestras alegrías o preocupaciones. Simplemente convivíamos dentro de una rutina que nos iba alejando sin que ninguno de los dos pareciera darse cuenta.
Llegó un punto en que decidí ponerle un final a aquella situación. Porque, convengamos, no podía pedirle ni exigirle que pasara más tiempo conmigo si ella no lo sentía de la misma manera.
En silencio, me fui a la habitación y comencé a empacar mis cosas. Me sentía agotado, sin ganas de nada, pero asumí mi decisión. Cuando terminé, tomé la valija, regresé al living y le dije:
—Me voy.
Ella levantó la vista, sorprendida.
—Ya no puedo sostener esta situación. Así que me marcho.
Intenté explicarle mis motivos, pero cada vez que mencionaba uno, aparecían cincuenta más en mi cabeza. Entonces entendí que era inútil tratar de explicarlo todo.
—La decisión está tomada. Quizás algún día podamos hablar de lo que nos pasó.
Salí de la casa y me alojé en un hotel. Allí pasé mi primera noche en soledad. Intenté dormir, pero no pude. Entre pensamientos, dudas y recuerdos, la madrugada pareció eterna.
Al día siguiente me levanté temprano y me dediqué a buscar un lugar donde vivir. No sabía muy bien qué estaba haciendo ni hacia dónde iba. Lo único que tenía claro era que ya no podía seguir viviendo de la misma manera.
Finalmente alquilé un monoambiente en Constitución. Me quedaba más cerca del trabajo y veía ventajas donde probablemente no las había. Pero necesitaba aferrarme a la idea de que estaba dando un paso hacia adelante, aunque por dentro me sintiera completamente perdido.
Aquel departamento era pequeño, silencioso y estaba casi vacío. Sin embargo, al cerrar la puerta aquella noche, comprendí que comenzaba una etapa nueva. No sabía si sería mejor o peor; solo sabía que era diferente. Y, por primera vez en mucho tiempo, tendría que aprender a convivir conmigo mismo.
Pasaron los días. Mientras estaba ocupado, el trabajo lograba distraerme y, por momentos, parecía que la situación no me afectaba. Pero cada noche, al regresar a aquel monoambiente silencioso, todo volvía a caer sobre mis hombros.
La televisión permanecía encendida más tiempo del necesario. A veces cenaba sin hambre. Otras, simplemente me sentaba a mirar por la ventana sin pensar en nada en particular.
Y entonces aparecía aquella voz.
—Tenés cosas que resolver.
La escuchaba todas las noches.
No era una voz real, por supuesto. Era esa parte de mí que insistía en hacer preguntas que yo no quería responder. ¿Había hecho lo correcto? ¿Podría haber actuado de otra manera? ¿Realmente todo había terminado?
Pero nunca le hacía caso.
Era más fácil ocupar la cabeza con cualquier otra cosa que sentarme a escuchar lo que tenía para decirme.
Así transcurrió aproximadamente un mes.
Una tarde, mientras volvía del trabajo, sonó mi StarTac. Miré la pantalla y me quedé inmóvil por un instante.
Era ella.
Atendí.
—Solo llamo para saber si estás bien.
—Sí, estoy bien. Gracias.
Nunca atiné a preguntarle cómo estaba ella.
Hubo un breve silencio.
—Bueno, me alegro de que estés bien. Cuidate mucho.
—Vos también.
La llamada terminó tan rápido como había comenzado. Sin embargo, aquella noche, por primera vez en varias semanas, la voz no apareció.
Y eso me inquietó más que escucharla.
Al día siguiente sentí una necesidad casi irrefrenable de llamarla. Sinceramente, no sé por qué. Quizás por costumbre. Quizás porque, a pesar de todo, seguía extrañando su voz.
Pero, una vez más, el orgullo ganó la partida. En lugar de tomar el teléfono, salí con unos amigos para distraerme.
Los días siguieron pasando.
Por cuestiones de trabajo tuve que viajar a Mendoza. Era una de las provincias a la que solíamos ir con Mayra. Disponía del domingo libre y, casi sin darme cuenta, terminé recorriendo algunos de los lugares que habíamos visitado juntos.
Como si mis pies recordaran el camino mejor que mi propia memoria.
Esa tarde me encontré en el Cañón del Atuel. Estaba sentado observando el paisaje cuando comenzaron a aparecer recuerdos que creía dormidos. Cada rincón parecía devolverme una imagen distinta de nosotros.
La nostalgia se transformó en melancolía y, poco a poco, la melancolía en tristeza.
Para ser sincero, terminé derramando algunas lágrimas.
Era casi primavera y había algo de turismo. De vez en cuando alguien pasaba cerca, así que intenté recomponerme para que nadie notara mi estado.
Fue entonces cuando un hombre se acercó y se detuvo a pocos metros de mí.
Tendría, aproximadamente, la edad que tengo yo hoy.
Miró el paisaje y dijo:
—Qué hermoso lugar, ¿verdad?
Asentí con la cabeza. No tenía ganas de hablar.
—Alguien debe haber creado todo esto, ¿no te parece?
—Supongo que sí —respondí.
Se quedó en silencio unos segundos y luego señaló el río.
—¿Ves ese río?
—Sí.
—¿Qué creés que pasaría si alguien intentara cambiar deliberadamente su cauce?
Observé el agua correr antes de responder.
—Supongo que tarde o temprano volvería a encontrar su camino.
El hombre sonrió.
—Entiendo.
Y se marchó.
No dijo nada más.
Lo observé alejarse unos metros y fue entonces cuando sentí un escalofrío.
Había algo familiar en aquella voz.
Algo que no lograba identificar.
Intenté volver a concentrarme en el paisaje, pero no pude.
De pronto lo comprendí.
Era la misma voz.
El mismo tono pausado.
La misma claridad.
La misma serenidad.
Era exactamente la voz que escuchaba cada noche en mi departamento cuando aquella frase aparecía en mi cabeza:
—Tenés cosas que resolver.
Me puse de pie de inmediato.
Intenté convencerme de que era una coincidencia, una mala jugada de mi imaginación. Pero cuando salí a buscarlo, ya no estaba.
Miré a mi alrededor.
Recorrí los senderos cercanos.
Busqué entre los turistas.
Y no volví a verlo.
A pesar de que yo estaba solo allí, pensé que no había ninguna razón aparente para que aquel hombre también lo estuviera.
Ya en San Rafael, caminando por una de sus calles, pasé frente a una iglesia llamada \"Familia de Dios\". Aunque no era cristiano, alguien me invitó a entrar. No tenía nada que hacer y mi estado emocional distaba mucho de ser el mejor, así que pensé: ¿qué mal podría hacerme?
Y entonces ocurrió algo que todavía hoy me cuesta explicar.
Al ingresar, vi al pastor que se encontraba al frente de la reunión.
Sentí que se me secaba la boca.
Era él.
El mismo hombre con el que había hablado junto al río.
Permanecí en silencio durante toda la reunión, incapaz de concentrarme en lo que se decía. Mi cabeza estaba ocupada tratando de entender cómo era posible aquella coincidencia.
Cuando todo terminó, me acerqué para saludarlo.
Me reconoció de inmediato.
—Vos sos el muchacho del río —dijo sonriendo.
—Sí, soy yo.
Durante unos segundos nos quedamos mirando sin decir nada.
Finalmente reuní el valor para preguntarle:
—¿Qué quiso decirme con lo que me dijo alli? ¿Y por qué fue a hablarme justamente a mí?
Su expresión no cambió.
—Yo soy un obediente de Dios. Y, si te digo la verdad, sentí que debía ir hasta allí y encontrarme con alguien. Lo demás... no sé de dónde vino.
Su respuesta me dejó más confundido que antes.
—No entiendo. Entonces, ¿quién me lo dijo?
El hombre sonrió con tranquilidad.
—Ahora no lo vas a entender. Cuando dejes de buscar la respuesta, la vas a encontrar.
Nos despedimos cordialmente y cada uno siguió su camino.
Al día siguiente regresé a Buenos Aires.
Ya en mi monoambiente, cerré la puerta y me dejé caer sobre la cama. Estaba agotado por el viaje y por todo lo que había vivido en aquellos días.
Esa noche, mientras intentaba descansar, sonó mi celular.
Era ella.
—¿Cómo estás, Ricky?
—Bien —respondí—. ¿Y vos? ¿Cómo estás?
—Bien también. Gracias.
Hubo una breve pausa.
—Me gustaría que nos juntáramos a charlar. Quizás podamos ponernos de acuerdo con algunas de las cosas que quedaron pendientes.
Confieso que una corriente me recorrió todo el cuerpo.
Durante semanas había imaginado ese momento. Y ahora que finalmente ocurría, no sabía qué decir.
—De hecho, yo también tengo ganas de hablar con vos.
Se hizo un silencio breve, pero distinto a los anteriores.
Menos incómodo.
Menos distante.
—¿Podemos vernos? —preguntó.
Miré alrededor. El departamento seguía siendo el mismo lugar pequeño y silencioso al que había regresado cada noche desde que me fui. Sin embargo, algo parecía diferente.
—Sí, claro.
Colgué el teléfono y permanecí varios minutos mirando la pared.
Sin saber por qué, volví a recordar al hombre del río.
Y por primera vez desde que me había marchado de casa, sentí que tal vez algunas cosas estaban comenzando a encontrar nuevamente su cauce.
CONTINUARÁ...