No busca el río ser camino,
y sin embargo guía.
No ansía el sabio ser oído,
y su silencio enseña.
El cielo no presume su altura,
ni el bambú su firmeza.
La virtud no grita,
pero su aroma permanece.
Camina el Tao sin pasos,
fluye sin forma ni meta.
El corazón que no se aferra
es el que más revela.
El yin abraza al yang,
como noche a la estrella.
Todo nace del vacío,
todo vuelve a la esencia.
No hay gloria en mandar,
ni poder en la fuerza.
El que se inclina ante el mundo
es quien lo sostiene en su mesa.
Así, yo canto al vacío,
al gesto que no pesa.
A la hoja que cae sin ruido,
y al alma que no cesa.
Annabeth Aparicio de León
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